A treinta años de que el asesinato de Iqbal Masih en Pakistán conmoviera al mundo y diera origen al Día Mundial contra la Esclavitud Infantil, su reclamo sigue siendo una herida abierta. Iqbal, un niño de doce años asesinado por denunciar la explotación en las fábricas de alfombras, nos legó un mandato ineludible. Hoy, honrar su memoria exige abandonar la retórica vacía y enfrentar la cruda realidad de nuestro territorio: en Argentina, la explotación infantil avanza al amparo de la invisibilidad estatal.
Las cifras globales alarman: en América Latina, 12,5 millones de niños, niñas y adolescentes están sometidos al trabajo infantil, y el 77% de ellos realiza tareas peligrosas. Sin embargo, en nuestro país enfrentamos una tragedia adicional, que es la falta de verdad. Hace casi dos décadas que el Estado no actualiza las estadísticas oficiales sobre el trabajo infantil.
Esta ausencia de datos no es una falla administrativa; es una decisión política que consolida la cultura del descarte. Cuando el Estado decide no medir, decide no ver. Y en esa deliberada invisibilidad, las infancias más vulnerables —en un contexto con más del 46% de pobreza infantil— son entregadas a las peores formas de explotación y al crimen organizado.
Desde la Fundación La Alameda advertimos con extrema preocupación cómo la esclavitud moderna se adapta y se expande ante la falta de abordaje territorial. Ya no se trata solo del eufemismo cómplice de la “ayuda familiar” en las economías informales. Hoy somos testigos de cómo las infancias pierden literalmente su identidad en las ladrilleras, donde el trabajo esclavo les borra las huellas dactilares. Vemos cómo el cordón hortícola y el espacio urbano absorben su escolaridad y su salud. Peor aún, asistimos al avance despiadado de las redes narcocriminales, que cooptan a niños desde los diez años para el narcomenudeo, utilizándolos como eslabones descartables del delito, y a la captación silenciosa a través de entornos digitales.
Justificar o naturalizar estas aberraciones es el fracaso absoluto de la fraternidad humana. No existe verdadera amistad social ni justicia posible en una comunidad que permite que el eslabón más frágil de su tejido sea reducido a un mero instrumento de producción o a mercancía del delito. La explotación infantil es el síntoma más doloroso de una crisis socioambiental profunda; no podemos aspirar a una ecología integral si nuestro propio entorno descarta la dignidad de los niños y niñas.
Existen las leyes, los pactos y los convenios que ratifican el interés superior de los niños como sujetos de Derecho. Pero la normativa es letra muerta sin voluntad de ejecución. La capacitación y la difusión institucional no bastan frente al avance de estas redes de explotación.
Por ello, en esta fecha de conmemoración y lucha, exigimos a las autoridades gubernamentales:
La inmediata restitución de los mecanismos de medición y estadística oficial sobre trabajo infantil y explotación a nivel provincial y nacional. No se puede combatir lo que se elige ignorar.
El despliegue de políticas de abordaje territorial real, abandonando el mero trabajo de escritorio para intervenir de manera directa y sostenida en los sectores críticos (ladrilleras, cordones agrícolas, periferias urbanas).
El fortalecimiento urgente de los equipos de inspección laboral y de los sistemas de protección de la niñez, dotándolos de los recursos necesarios para desarticular las redes que lucran con la vulnerabilidad infantil.
El asesinato de Iqbal Masih nos recuerda que la lucha contra la esclavitud infantil cuesta vidas. Hoy, nuestro compromiso inquebrantable es con la verdad, con la restitución de derechos y con la construcción de una sociedad donde ninguna infancia sea descartable.
LO QUE NO SE VE, SE DESCARTA. Por infancias libres de esclavitud
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